viernes, 2 de octubre de 2009

Sobre el asesinato de Marta del Castillo y sus consecuencias


Hace ya casi nueve meses que desapareció la joven sevillana nacida en 1991, Marta del Castillo Casanueva, concretamente el 24 de enero.
La desaparición de esta chica ha provocado una de las mayores oleadas de solidaridad y apoyo que se recuerdan dentro de un caso como éste. Sólo cinco días después de su desaparición, el movimiento que luchaba por conocer su localización se había hecho más que notable en redes sociales y en las decenas de manifestaciones que se fueron sucediendo en todo el país.
Menos de un mes después, su novio Miguel Carcaño confesaba la autoría de su asesinato. Junto a él se detenían a otras personas como cómplices del crimen.
Meses después y con una esperanza mucho menor de encontrarla, sigue su búsqueda.

Durante todo este tiempo, se ha reabierto un interesante debate en relación al tema: la necesidad de imponer la cadena perpetua para según que crímenes. El propio padre de la desaparecida, Antonio del Castillo, ha pedido a las autoridades la celebración de un referéndum a nivel nacional que pregunte sobre la modificación del código penal para incluir la cadena perpetua, cuestión a la que, de momento, el presidente del gobierno se ha opuesto.
Los defensores de la implantación de esta medida argumentan que esta medida es la más lógica para criminales que han cometido delitos de extrema gravedad o cuya reinserción en la sociedad es prácticamente imposible. Probablemente, tengan razón en esto de la reinserción, pero debemos pararnos a pensar por qué esa reinserción supondría ser algo muy complicado; tal vez lo que ocurre es que el sistema penitenciario español se centra más en el castigo, en hacer ver al criminal que ha obrado mal por métodos poco conciliadores con la sociedad, en vez de promover un arrepentimiento personal que permita que el recluso salga renovado.
Además, si la libertad es uno de los derechos más preciados en la sociedad actual (tanto que muchos lo supeditan incluso al derecho a la vida), no es lógico arrebatar a alguien su libertad personal toda la vida; estos que defienden la cadena perpetua deberían defender también la pena de muerte como método para que uno pague por lo que ha hecho; aunque entonces aparece el comentario de que el derecho a vivir no se puede arrebatar a nadie. Una duda aparece en mi mente: ¿es peor morir que vivir sin libertad?
Volviendo a la cuestión, me reafirmo en que lo que se hace necesario más que una reforma que incluya la cadena perpetua en el código penal, sea una modificacion en el régimen penitenciario que permita a los criminales salir realmente transformados de prisión.

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